Caroline Kennedy no me conoce, obviamente, pero yo la considero casi como de la familia (lejana, eso sí).
La descubrí desde pequeña, cuando yo leía la revista HOLA en casa de mi abuela.
Durante años, y portada portada de la HOLA, Caroline Kennedy fue mi referente de lo que se suponía que era ser un privilegiado: hija del presidente de Estados Unidos, guapa, vivía en un ático del Upper East Side de Manhattan. No se puede ser más afortunado. Mientras yo pasaba las hojas del papel couché ella se graduaba en los mejores colegios y universidades, pasaba sus vacaciones en Marttha’s Veineyard y esquiaba en Gastaad.
A lo largo de su vida le he admirado y la he compadecido a partes iguales. Huérfana de padre a los cinco años, su madre, Jacqueline Kennedy volvió a casarse para tener un buen seguro económico con un personaje muy diferente y extraño para Caroline, nada menos que Aristóteles Onassis. Caroline, a través de la revista HOLA, asistió a la nueva boda de su madre con cara de no querer estar allí. Jacqueline murió muy joven, de cáncer. Cuando nadie lo esperaba, su guapísimo hermano pequeño John John Kennedy, el heredero del llamado reino de Camelot, sufrió un accidente de avioneta con sólo 40 años. Murieron él, su esposa y su cuñada.
Caroline es una Kennedy y continuó con su vida. Participó activamente en política, escribió libros y llegó a ser la embajadora de Estados Unidos en Japón.
Pero la joven Caroline se convirtió por mí en aquel familiar que dejamos de ver por circunstancias de la vida. Durante unos años desapareció de mi vida: yo también hice la mía.
Desgraciadamente hace unos días la revista Hola ha vuelto publicar una noticia sobre ella: su hija Tatiana tiene un cáncer sin posibilidad de tratamiento. Le queda un año de vida.
Sí, desocupado lector. Lo has leído bien. Estás estupefacto, como yo. No es un guión de película ni ninguna fake new.
He podido palpar su dolor, a muchos kilómetros de distancia. He dejado ir toda la compasión que me quedaba para los famosos y privilegiados que viven, no ya en el primer mundo, sino en un ático en Manhattan, y no me queda ni una gota.
Tatiana Schlossberg es periodista y ha publicado un artículo en Newyorker, la revista donde trabaja. Tatiana explica objetivamente, con el punto justo de emotividad, cómo descubrió que tenía este tipo de cáncer, y cómo reaccionó al saberlo. No quiere que el lector se compadezca de su situación. Ante todo es periodista, y de las buenas.
Todos conocemos a personajes famosos que también comparten en las redes sociales su enfermedad. Posiblemente lo hagan porque forma parte de su terapia emocional, o simplemente para animar a otros enfermos que padecen cáncer a superarse. El artículo de Tatiana Schlossberg pertenece a otra liga.
Tatiana es hija, nieta y bisnieta de inmigrantes, en su caso ucranianos, irlandeses, franceses, judíos y católicos. No sé si esa mezcla explosiva, que es el signo identitario de la mayoría de los ciudadanos estadounidenses, ha modelado su carácter y ha hecho de ella una persona excepcional, como ahora descubro, y una periodista de raza.
Me imagino a Tatiana, en medio del tratamiento quimioterapia, que ahora acaba seguramente de descubrir que fue inútil, tecleando en su portátil el artículo que después publicaría en la revista.
Tiene tiempo y ganas para criticar la política de recortes en las universidades norteamericanas por parte del presidente Donald Trump. Tatiana constata que en la Universidad de Columbia en particular, donde recibe el tratamiento, se han dejado de recibir subvenciones. Los médicos y científicos de los centros de investigación sobre enfermedades están agotando los recursos para continuar con su labor, y ni siquiera saben si conservarán su trabajo. Tiene ánimos para denunciar a su impresentable tío Bobby Kennedy, que ha anulado la compra de unas vacunas necesarias para determinados tratamientos de cáncer.
Y también obviamente nos hace saber que le duele mucho pensar que dejará a sus hijos sin madre, uno de ellos recién nacido, y también que hará sufrir a su madre Caroline, algo que nunca habría querido hacer, ya que ella ha intentado portarse siempre como una buena hija y no dar problemas.
Ella, Kennedy-Sclossberg-Bouvier, aprovecha su voz y posición privilegiada de periodista y de ser hija y nieta de quien es, para denunciar que se necesitan investigadores para luchar contra las enfermedades, ya que así avanza la humanidad, de la que ella y yo formamos parte, como Donald Trump y su tio Bobby.
Ante esta muestra de valentía y fortaleza sin precedentes, los habitantes de Cancerland, el país imaginario de Paul Auster, nos postramos ante ella tal como si esta joven mujer fuera una diosa.
Mientras algunos sólo teníamos tiempo y ánimo de superar nuestro dolor, que nos parecía único, o simplemente envidiábamos con mucha rabia a los que vivían en el extranjero, fuera de Cancerland, Tatiana se ha preocupado por luchar por los que vendrán después de ella.
Los que sólo hemos probado una milésima parte del sufrimiento de Tatiana Schlossberg nos sentimos pequeños, muy pequeños, ante ella. Las personas se dividen en excepcionales y normales. Ya sabemos todos dónde colocar a Tatiana.
Constato sin tapujos que yo soy simplemente un planeta que gira alrededor del Sol que es Tatiana Schlossberg y que ella, como su madre, Caroline, también ha pasado a formar parte de mi vida y, ¿por qué no? de mi familia lejana.










